Últimos avances en criobiología

3006_congeladosHoy lo conocemos por ser uno de los padres del ecologismo y fundador de la hipótesis Gaia, según la cual la Tierra es un organismo que se autorregula para mantenerse vivo. Pero allá por los años cincuenta, James Lovelock era un joven científico del National Institute for Medical Research de Londres con un extraño cometido: reanimar hámsteres congelados. El experimento consistía en reducir la temperatura corporal de los roedores hasta que su corazón dejara de latir. Posteriormente, los reanimaba aplicando sobre su pecho una cucharilla de metal calentada en la llama de un mechero. Aquel procedimiento desentumecía el músculo cardiaco, que a los cuatro o cinco minutos empezaba a palpitar de nuevo mientras el resto del animal seguía frío. Poco después, volvía la respiración espontánea y, tras un baño de agua caliente y varios días en la incubadora, los hámsteres estaban totalmente recuperados. Es más, muchos fueron sometidos varias veces al mismo trance.

Para minimizar el riesgo de quemaduras en el tórax, el bioquímico británico –creador de un buen puñado de instrumentos científicos– se hizo con un transmisor de avión, lo desmontó y con sus componentes construyó un sencillo aparato de diatermia –producción de calor en los tejidos– por microondas. Las investigaciones sobre los efectos de la congelación en animales llevaron a Lovelock a replantearse el concepto de vida: un hámster con todos sus órganos atravesados por cristales de hielo, incluido el cerebro, ¿está vivo o muerto? Sus trabajos, incluido el interrogante, pusieron un avance en el campo de la criobiología, la rama de la biología que estudia los efectos de las bajas temperaturas.

En la naturaleza encontramos organismos, desde bacterias a animales superiores, que toleran la congelación durante periodos prolongados. Los humanos, de momento, no hemos alcanzado esta capacidad de forma natural, pero sí es posible mantener células y tejidos durante años en un frigorífico, como se hace con el plasma, el semen, los óvulos, las córneas o las células madre del cordón umbilical. Quizá, en un futuro no muy lejano, los médicos dispongan de bancos de órganos helados para realizar trasplantes. O puedan incluso resucitar a aquellas personas que decidieron ser congeladas tras su fallecimiento y cuyos cuerpos se encuentran preservados en tanques de nitrógeno líquido.

Normalmente, la temperatura del cuerpo humano oscila entre los 36 °C y los 37 °C; si baja de los 35 °C, entra en hipotermia. Entonces, los músculos se entumecen, se producen temblores, la piel se vuelve de color gris azulada y vamos perdiendo lentamente la capacidad de pensar y movernos. Cuando el corazón deja de latir, la sangre ya no lleva oxígeno a las células. Sin embargo, a temperaturas más bajas, el organismo se va ralentizando, del orden de un 5 %-7 % por cada grado descendido. Al funcionar más lentamente, las células necesitan menos oxígeno. Eso es lo que explica que algunas personas que caen en un lago helado o quedan atrapadas por una avalancha de nieve puedan ser reanimadas aunque hayan dejado de respirar durante unos minutos.

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